lunes, 31 de marzo de 2008

La ciudad virtuosa

La amistad también parece mantener unidas las ciudades... Y cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, pero, aun siendo justos, sí necesitan de amistad... Pero la amistad es no sólo necesaria, sino también bella. En efecto, alabamos a los que aman a sus amigos y el tener muchos amigos se considera como una de las cosas mejores, y hasta algunos opinan que hombre bueno y amigo son la misma cosa.
Aristóteles, Ética Nicomáquea, VIII, 23-34.

viernes, 28 de marzo de 2008

Desconfianza

¿He de lamentarme o precaverte de que todo, lo lícito y lo ilícito, está mezclado? La amistad es sólo un nombre, un nombre vacío la fidelidad. ¡Ay de mí!, no es cosa libre de riesgos elogiar a tu amor delante de tu amigo: tras haber creído en tus alabanzas, él mismo te sustituye... el que ama no debe tener miedo del enemigo; huye de aquellos que crees leales: así estarás seguro. Ten cuidado con tu pariente, con tu hermano y con tu amigo querido: todo ese grupo te dará serios motivos para temer.
Ovidio, Arte de amar, I, 738-754.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Politeia cínica

El cínico no tiene vocación de eremita. Diógenes habita en la ciudad. Por autárquico que sea, busca un hombre, es decir, un hombre verdadero con quien compartir su vida y la virtud. Frente a la locura de quienes muestran sólo apariencia de humanidad, el filósofo indaga tras la humanidad verdadera, persigue un semejante. No camina en pos de un maestro, como hiciera su discípulo Crates, sino de un amigo. Aquél que necesita salud, dice Diógenes, a ese le conviene buscarse un amigo serio o un ardiente enemigo: así, por medio de la reprimenda o de la corrección, podrá escapar al mal.

lunes, 17 de marzo de 2008

Ya no somos griegos

Primo Levi dice: no conseguirán que tomemos a las víctimas por verdugos. Pero lo que el nazismo y los campos nos inspiran, dice, es mucho más o mucho menos: "la vergüenza de ser un hombre" (porque hasta los supervivientes tuvieron que pactar, que comprometerse...). No son sólo los Estados, es cada uno de nosotros, cada demócrata, quien resulta no responsable del nazismo, sino mancillado por él. Se produce una catástrofe en efecto, pero la catástrofe consiste precisamente en que la sociedad de los hermanos o de los amigos ha atravesado una prueba de tal calibre que éstos ya no pueden mirarse unos a otros, o cada cual a sí mismo, sin una "fatiga", tal vez una desconfianza, que se convierten en movimientos infinitos del pensamiento que no suprimen la amistad pero le dan su tono moderno. Ya no somos griegos, y la amistad ya no es la misma.
G. Deleuze & F. Guattari, ¿Qué es la filosofía?

sábado, 15 de marzo de 2008

Paco Vidarte (1970-2008)

Paco Vidarte ha muerto. Sentencia terrible, pero que aquí y ahora nos impone una obligación, nos abandona a una tarea, la de aproximarnos a quien se encontrará ya para siempre ausente, en la distancia infinita que la defunción impone, y persistir en la conciencia de la imposibilidad de semejante labor. Tal vez fuera imperativo, pues que no está, acercarse a Paco Vidarte mediante un rodeo, abordarlo en oblicuo, a través de un tercero, o de un cuarto e incluso de un quinto. La comunicación directa nos ha sido vetada de una vez por todas, y es en ese desamparo que la muerte lega que él, P.V., se nos ofrece en los otros, a través de los otros, y, antes que en nadie, en la figura también perdida de quien sin duda ha sido, durante la segunda mitad del siglo XX el gran filósofo de las elegías, Jaques Derrida. Autor que le acompañó toda la vida, J.D., en sus estudios y, podemos imaginar, también en su vida, con el que de algún modo llegó a confundirse, pues ejercer de traductor acaso no sea sino confundirse con aquel a quien se traduce.

La muerte del otro, nos ha enseñado J.D., no anuncia una ausencia ni una desaparición, no es el final de tal o cual vida. La muerte del otro proclama cada vez el final del mundo en su totalidad, y cada vez el final del mundo como totalidad única e irrepetible, como experiencia irremplazable. La muerte del otro no cierra la vida limando sus aristas y asperezas y ofreciéndonosla en la redondez de un sentido acabado y al fin obtenido. Al contrario. Nos entrega al conocimiento de lo desconocido en el otro, de un desconocido que habrá de permanecer tal para siempre. La muerte no encierra al prójimo en una identidad que ya no podría alterarse, perfectamente definida de una vez y para siempre. De nuevo al contrario, nos exige el respeto a aquello que del otro permanece sin respuesta, inaprehendido. Nos convoca a atender a ese desamparo en que nos deja. En definitiva, nos obliga a recoger no una herencia, sino esa des-herencia que la ausencia marca.

Oportuno resulta, por ello, plagiar (pero toda repetición es ya repetición diferencial) las palabras que J.D. dedicase a la muerte de Roland Barthes, ese otro pensador, como P.V., homosexual y refractario: “Cuando pronuncio el nombre de Paco Vidarte, es a él a quien nombro, más allá de su nombre. Pero como a partir de ahora él es inaccesible a la apelación, como la nominación no puede convertirse en vocación, dirección, apóstrofe..., es a él en mí a quien nombro, me dirijo a él en mí, en vosotros, en nosotros, a través de su nombre”.

Ahora, cuando hablo de Paco Vidarte es a esa otra parte, a esa parte otra que en nosotros le dice, desconocido, distante, alejado ya para siempre, a lo que me dirijo. Porque esa parte que en nosotros persiste inaprehendida le pertenece a él ya de forma definitiva. Esa parte que, como de mostrase J.D., no es otra que nuestro lado más canalla. Esa parte a la que me dirijo y que se me escapa, porque es en mí, en nosotros, lo que necesariamente se fuga a toda captura. El canalla (al) que estoy si(gui)endo: le voyou que je suis. Paco Vidarte.

Hablemos, pues, del canalla. El canalla es siempre el otro, el señalado con el dedo por el bienpensante. Él es siempre la segunda o tercera persona que el dedo acusador persigue. En principio nadie dice “yo soy un canalla”. Acaso el canalla no tenga yo sino en un segundo momento, más tarde, cuando retorna para falsificar las monedas y alterar los valores. El canalla es un fuera de la ley, puede deambular en coches robados, cuando no los quema. Puede practicar el tráfico de drogas y parasitar, incluso desbaratar, en tanto que aprendiz-terrorista, las vías de comunicación normal, ya se trate de la aviación, del teléfono, de e-mail o de la filosofía. Su origen es urbano, político por tanto. Y cuando se habla de canallas la policía trata de estar al tanto. Sin embargo, siendo una presencia interna a la ciudad, permanece ajeno a sus costumbres, que corrompe. Dice, de nuevo, J.D., que el canalla que aspira a la soberanía no sólo es un delincuente sexual; es alguien del que se condena también el lenguaje y las formas de hablar, los ultrajes que inflinge al buen-hablar y al habla decente. Uno empieza a comportarse como un canalla en cuanto usa palabrotas groseras. El canalla es un afuera interior, un poco hombre-lobo, quizá hombre-oso. O mejor incluso, un poco perra. Un poco cínico, al estilo antiguo, desvergonzado y orgulloso. Paco Vidarte es, hoy, aquí y ahora, ese canalla capaz de dinamitarlo todo desde dentro, de revocar las convenciones y hacer saltar por los aires las fuentes de la desdicha. Paco Vidarte, amigo y desconocido. Quien no lo crea, lea su Ética marica.
Homenaje a Paco Vidarte y presentación de su libro Ética marica., Organizado por el Colectivo Towanda y Librería Cálamo, el 14 de marzo de 2008.

jueves, 13 de marzo de 2008

Voluntad de verdad

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal.
F. Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

In girum...

Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia