Durante la última semana ha vuelto a saltar a los medios de comunicación el viejo fantasma del saqueo. Bandadas de niños en negro como los cuervos de Van Gogh rompiendo el escaparate de Christian Dior y arrasando con todo lo que hay dentro de la tienda, etcétera. Fácilmente imaginamos los lamentos de los comerciantes que han visto conculcado su derecho al lucro. Quiero unirme a su protesta, porque también yo me he sentido víctima del pillaje, pero de un pillaje infinitamente más grave que el que ha afectado a los propietarios de negocios banales. Han sido los propios contenidos de mi conciencia los que me han sido hurtados para luego ser repartidos gratuitamente en unos pocos centenares de copias de un librito que se atribuye -pero es sólo eso, una sospecha, una conjetura- a mi viejo amigo Enrique Cabezón, cual si se tratara de un Robin Hood traicionero, que igual que me sonríe me roba. La editorial Planeta Clandestino ha publicado con muchos de los retazos de lo que pienso el libro Poetariado. Antimanual de sabotaje poético.
Apenas había terminado de recordar en mi clase de Textos y problemas de la filosofía contemporánea que, después de Nietzsche, estamos forzados a reconocer que la escritura es siempre y, quizá, sólo pesa-nervios, nerviometro que expresa, que registra y mide de modo inmediato el estado nervioso de quien escribe, su complexión, las intensidades afectivas, su enfermedad, y citaba, como es costumbre, al pobre Antonin Artaud, quien, a decir de Sontag, introdujo "la mayor cantidad de sufrimiento en la literatura", para asimilarlo al igualmente pobre Karl Marx, quien el 22 de julio de 1867 atribuyera los pasajes más difíciles de El capital a los carbuncos que a poco le matan, cuando, nada más abrir Poetariado, me topo con el referente editorial a que dice adscribirse la obra: "pienso en El manifiesto comunista / si lo hubiese escrito Artaud". En realidad se trata de justamente lo contrario: de un poemario que hubiera escrito el Moro tras la Comuna.
La hipótesis Marx-Artaud ya había sido introducida el año pasado por Santiago López Petit en su Tiempo de espera: Marx, Artaud y la fuerza del dolor, sin aún atender al carácter puramente expresivo de la obra marxiana, a la naturaleza estrictamente poética de El Capital. Su libro merecería una reseña aparte. Sin duda, López Petit ha señalado, una vez más, el sendero por el cual muchos habremos de profundizar en los años venideros. Ese camino está aún siempre por construir.
El texto atribuido a Enrique Cabezón da los primeros pasos por esa vía: algunos son sus logros inestimables, lo que yo iba a decir, pero que me ha robado, las palabras objeto de pillaje: en primer lugar, la exigencia de escribir según nuestra desafortunada complexión: mal. Ya Artaud recogía este problema en su correspondencia con Pierre Rivière. Enrique lo sintetiza en un poema perfecto, y perfecto porque fallido:
Lo que aquí está en juego -había escrito 103 años antes Artaud frente el rechazo editorial sufrido- es el problema mismo de mi pensamiento. De lo que se trata para mí es nada más y nada menos que de saber si tengo o no derecho a seguir pensando, en verso o en prosa.
¿Alguien con dos dedos de frente cree aún en el criterio desnortado del público lector, en la regla de los editores, en sí mismo o en los concursos de poesía? ¿Por qué se someten voluntariamente aún tantos al humillante cacheo de la policía? El problema siempre es el mismo: quién tiene derecho a pensar o, dicho de otro modo, quien es el juez y jurado que se eleva por encima de las potencias expresivas no mediadas para decretar cuáles singularidades son merecedoras de poder expresarse, qué destellos han de existir al fin, y cuáles, al contrario, deben ser borrados, tachados, silenciados y, en definitiva, exterminados. Quién forma parte del nosotros y quién se queda fuera: "El comunismo sin Estado / no es el premio final del camino. / Es la práctica cotidiana / de desmontar el Estado / dentro de uno mismo. / Dentro del partido. / Dentro de la asamblea. / Dentro del poema que dice nosotros / y todavía no sabe / quién se queda fuera", reclama el libro atribuido a Enrique Cabezón.
Sin duda, somos, como dice el libro, "obreros del verbo", más obreros en lucha, porque la mano que roba el verso es la misma que enciende la llama. Al fin, como las barricadas, el poema no pertenece al orden de la utilidad sino al del deseo. Es la trinchera desde la que lanzar la piedra a la policía. O, como quisiera el pobre Marx para su libro, el más terrible misil jamás disparado contra la burguesía.


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