lunes, 3 de agosto de 2015

La reina de los piratas

«La reina de los piratas irlandeses, Grace O'Malley, la que "fue ama de cría de todas las rebeliones durante cuarenta años" mandaba en un colectivo de seguidores heterogéneo pertenecientes a distintos clanes y aterrorizó por todas partes a los comerciantes hasta su muerte acaecida en 1603. En 1607 una mujer llamada "capitán Dorothy" dirigió a treinta y siete mujeres que blandían cuchillos y arrojaban piedras contra los cercados de Kirkby Malzeard en el North Riding de Yorkshire».

Peter Linebaugh & Marcus Rediker, La hidra de la revolución, Barcelona, Crítica, 2005, p. 81.


viernes, 27 de febrero de 2015

Lucía Eldine González

Quizá Lucy Parsons (1853-1942) sea uno de los ejemplos más patentes de la compleja genealogía racial y política que está en la base de la identidad Xicana, de la Mestiza. Nacida esclava en Texas ―donde EEUU acababa de introducir la esclavitud tras anexionarse gran parte de México con los Tratados de Guadalupe-Hidalgo de 1848―, hija de una mexicana negra y de un mestizo de la nación indígena Creek, Lucía Eldine González, que se identificaba a sí misma como mexicana, será reivindicada, además de por el Xicanisma, por los movimientos tanto nativoamericanos como negros, así como por los movimientos anarquista y comunista. En las últimas décadas también por los movimientos feministas radicales europeos. A los 16 años se casó ilegalmente con Albert Parsons y, huyendo de las represalias derivadas de su matrimonio interracial, se mudó a Chicago. Allí escribió para publicaciones como The Socialist y la anarquista The Alarm. En Chicago, el 1 de mayo de 1886 liderará a 80.000 trabajadores en una manifestación con el objetivo de iniciar una huelga general. A raíz de ésta manifestación y de lo que luego se conocerán como el incidente de Haymarket, Albert Parson será detenido y, finalmente, ejecutado junto a otros cuatro anarquistas. La militancia de Lucy Parsons no remitirá por ello. En 1905 trabajará en la formación de los Wolbbies, los Industrial Workers of the World, que no sólo se convertirá en el sindicato de clase más importante en la historia de los Estados Unidos, sino en uno de los primeros en oponerse explícitamente a la discriminación por cuestiones de género y raza. Desde el IWW editaría el diario anarco-comunista The Liberator. Su militancia no estará sólo gobernada por la cuestión de clase, sino más bien por la percepción de la multiplicidad de vectores de opresión. Así, ingresará en 1939 en el Partido Comunista para involucrárse en el trabajo de liberación de los Scottsboro Boys y otros presos negros. En 1920 la policía de Chicago afirmaba que Lucy Parsons era «more dangerous than a thousand rioters».

Más información en: Carolyn Ashbaugh, Lucy Parsons. An American Revolutionary, Chicago, Haymarket Books, 2012.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Raza e identidad


El próximo viernes 27 impartiré una conferencia titulada "Raza e identidad. Apuntes sobre gestión biopolítica", dentro del ciclo Cuestión de identidad, organizado por el Grupo de Investigación Riff-Raff, pensamiento, cultura, estética. El acto tendrá lugar, a las 17 horas, en la Sala Ángel San Vicente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Animales políticos

Para quienes, como yo, han crecido en días en los que el escepticismo radical hacia el juego de partidos y, más en general, hacia cualquier forma de representación política era el signo incontestable e, incluso, el fundamento mismo de la virtud política, corren tiempos extraños. Aún siento cierto pudor a la hora de defender en público la estrategia de asalto a las instituciones por vía electoral. Sin embargo, más me lo generaría sostener una pose pseudoanarca (¡ay, Juan García Oliver, qué harías tú en este caso) de desdén por lo que está aconteciendo, mantener una posición resistencialista en la que algunos aún se refugian sólo para su mayor confort. Supongo que se está cómodo en el lugar del descontento. No hace falta estudiar psicoanálisis para saber que la queja (y esa particular forma de queja que consiste en reivindicar) es una forma de satisfacción. Respeto a quienes hablan desde ese lugar. Al fin y al cabo, estas cosas no se eligen ni se deciden. Los respeto como respeto a los hippies que gustan de vivir en frágiles burbujas o a quienes optan por encerrarse en la cotidianidad más inmediata de las obligaciones familiares y laborales. Los respecto como respeto a los que juegan obsesivamente al rol, a los que arrastran sus cuerpos convulsos de rave en rave o a los que optan por irse a vivir al campo. Respeto a quienes deciden situarse al margen de los procesos políticos que van a determinar sus vidas, que, recordémoslo, también son las nuestras, porque la vida es en común. Los respeto, pero ahora, por el momento, prefiero estar junto a esos animales políticos que han decidido poner su cuerpo y jugárselo a la estrategia que más posibilidades tiene de inducir la transformación.

miércoles, 28 de enero de 2015

La comunidad espectral

"Un trapo rojo como el que llevan
enrollado al cuello los partisanos"
P.P. Pasolini, Las cenizas de Gramsci


Como los seres queridos, también algunos libros desaparecen, sin ruido, se esfuman de la estantería donde creíste haberlos olvidado. Amanecía y he rebuscado infructuosamente aquel, de lomo azul, que Aragon escribiera tras la muerte de Elsa, donde dejara anotado eso de Ailleurs sans doute ailleurs. Estará en otra parte, sin duda, en otra parte.

En otra parte, así se titulaba el primer libro de David Mayor. Antes, no mucho antes habíamos leído su “Deseo de ser replicante”, y empezamos, lentos, a aprender que apenas sí somos “recuerdo débil”, “memoria prestada”. Ha pasado casi una década desde entonces, y durante ese tiempo, pudimos, afortunados, perseguir en el Forward a “la orca negra sin mancha”, invariablemente hacia el norte, “hacia cualquier parte”. D. Mayor lo deletreaba con precisión en Otra novela, “cualquier libro / trata de una aventura”.

Ninguna aventura deja indemne a quien la atraviesa y los viajeros, a menudo, acaban por olvidar su destino. O, más bien, descubren que, finalmente, nunca hubo puerto al que dirigirse, que “Lo importante no es llegar”, que no se alcanza lo que se busca, “Ni siquiera en otra parte”. En 31 poemas se dejaba presentir que, de un modo extraño, Ítaca ya estaba aquí, y que “lo más bello”, “estar en otra parte”, “puede ser /  lo que no puede ser”.

Entre su primer y su tercer libro D. Mayor se ha desviado hasta haber cambiado de nacionalidad. Si En otra parte se intentaba aún “nacer de nuevo”, tras el viaje de Otra novela, en 31 poemas ya sólo quedaba un páramo “en el que pinchar discos a pedradas”.El tercero de sus libros se cerraba con una invocación a permanecer atentos “donde la vida falla”. D. Mayor se había ido alejando de ese ailleurs sans doute ailleurs para acercase, cuidadoso, a un aquí y ahora que, como todo presente, es y no es al mismo tiempo. Siempre atento a los detalles, ahora estos ya no son signos de nada, sino el lugar en el que leer la vida que nos pasa.

Esta tarde, en apenas sí unas horas, en Antígona, esa librería cálida y sólo en apariencia desordenada, en Zaragoza, se presenta el cuarto libro de D. Mayor, Conciencia de clase. De alguna manera que en parte se me escapa, a través de los poemas que lo conforman se aparece esa realidad presente, que es y no es al mismo tiempo, y que 31 poemas ya anunciara: “un aquí y ahora / que es apenas / el zumbido de las cosas”. Quizá sea demasiado pronto para que yo, en cierto modo, fascinado por el texto, escriba algo inteligente acerca de Conciencia de clase. A pesar de lo cual, imprudente, trataré de dejar algunas notas, si no acerca de la poética que despliega (tengo la firme sensación de que cada vez sé menos de poesía), sí, al menos, sobre el pensamiento que a su través se revela, y se rebela.

Conciencia de clase prolifera allí mismo donde terminara 31 poemas, no tanto en el lugar de la muerte cuanto en el de la memoria del padre. En el lugar de ese recuerdo, de esa palabra que, como la del replicante que antes se mencionara, está en el presente, “dentro de la ‘vida corriente’ y es extraña a esa vida”; como a dos pasos, a la distancia justa, de la prosa con que se escribe la vida cotidiana. Mirar la vida con cierta distancia es ya recordarla. Y, sin embargo, es en ese hacer memoria, incluso cuando la mirada se dirige a la infancia, donde la escritura de D. Mayor alcanza toda su altura política y filosófica.

Porque, ¿acaso puede creer alguien que un título como Conciencia de clase puede ser inocente, o que en él se ha olvidado la referencia a eso cuyo nombre último algunos detestan, pero que nosotros seguimos empecinados en llamar con todas sus letras: comunismo? No soy capaz de imaginar la pobre lectura que del libro harán quienes desde posiciones liberales sólo vean en los recuerdos monumentos conmemorando el pasado perdido de un individuo, ni la frustración de quienes, invariables en su viejo obrerismo, esperen encontrar la voz de ese sujeto revolucionario que justifique sus delirios. Porque Conciencia de clase, el libro, es algo así como una versión precisa de un Manifiesto Comunista para el siglo XXI.

No he contado las palabras ni establecido los cálculos, pero la impresión que deja la lectura es la de que hay una  presencia que se repite sin cesar: la de la palabra “fantasma”. Conciencia de clase es un libro poblado de fantasmas que no pueden dejar de recordarnos aquella sentencia con que se abriese el escrito que Marx y Engels redactasen en respuesta a la solicitud de la Liga de los Comunistas: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”.

Pero, ¿qué comunismo es ese que es, él mismo, un fantasma? A través de Conciencia de clase se despliega, no la utopía por venir, sino la constatación de la existencia actual de una comunidad espectral. Las figuras que recorren sus páginas tienen ese carácter aéreo, volátil, como figuras que permanecen en la medida en que son dichas, recordadas por el texto. También la de aquel que habla o escribe, especialmente la del que habla o escribe. Porque éste, ese yo o ese él que se dice aparece como efecto del texto mismo, del hacer memoria y como recuerdo. El poeta aquí no es más que un espectro entre otros espectros. Al fin, como se lee en “Inicio”, “los vivos se convierten en imaginación de los muertos”.

Aquí, la conciencia de clase es conciencia de la pertenencia a esa comunidad espectral. Decía Benjamin, que, en el seno de la lucha de clases, ni siquiera los muertos están a salvo. La lucha de clases es la lucha, no por el bienestar de las generaciones futuras, sino por la salvación de las generaciones pasadas, por la redención de los derrotados. Nuestra victoria hoy no es otra que la revocación de la historia escrita por los vencedores. El presente no salva sino en la medida misma en que en él se actualiza la fuerza del pasado. Espectros de todos los tiempos, uníos: somos fantasmas entre  fantasmas, recuerdos de la prosa con que escribimos, con que se escribe, la vida, porque “vivir es dos veces”. El poeta, como el historiador materialista del que hablase Benjamin, se sitúa y nos sitúa en un tiempo-ahora que es combate contra el olvido: memoria efectuada sin un sujeto que la sostenga, que, de hecho, sostiene al sujeto, a ese espectro entre otros espectros, a esa parte que dice "yo" desde dentro del fantasma  múltiple y poroso del comunismo. 

En la lucha de clases ni siquiera los muertos están a salvo, pero, en su último libro, David Mayor ha cavado una trinchera en la que, por unos instantes al menos, ponernos todos, tú, yo, él, los vencidos, a resguardo.
(David Mayor, Conciencia de clase, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014)

Artículo publicado originalmente en la revista Subarbre, n° 0

jueves, 4 de diciembre de 2014

Epicuro, una ética de la desviación



(Texto de presentación de la clase que, gracias a la amable invitación del profesor José Luis Moreno Pestaña, impartiré en la Universidad de Cádiz el próximo día 9 de diciembre)

En su ya clásico El nacimiento de la física, Michel Serres desplegaba un análisis de la física epicúrea y, más en concreto, lucreciana sobre la tesis de la supuesta centralidad teórica de la inclinación de los átomos en su caída libre a través del vacío: el clinamen, la desviación espontánea de los átomos respecto de su trayectoria en línea recta, resultaría el concepto clave a la hora de comprender el materialismo epicúreo, por encima, incluso, de la importancia de esos fragmentos de materia que habían venido siendo considerandos los corpúsculos indivisibles a partir de los que se compondría el resto de los objetos. Sin duda, Serres introducía otras muchas precisiones y desplazamientos conceptuarles sobre los que habrá que retornar, y que conceden una imagen del pensamiento epicúreo levemente distinta de la imagen escolar habitual. Sin embargo, nuestro interés se centrará en observar cómo la física epicúrea no sólo comporta una peculiar cosmología o una teoría física que puede parecer relativamente innovadora incluso para nuestros contemporáneos en la medida en que parte de supuestos muchas veces desatendidos en la modernidad. Nuestro interés se dirige más bien a detallar cómo funciona la teoría física en el interior de un proyecto filosófico y, más rigurosamente, ético. El epicureísmo es, antes que nada, una escuela ética. Podemos afirmar, siguiendo a M. Foucault o a P. Hadot, que su virtud y su éxito consistieron en su capacidad para diseñar un estilo de vida, una forma de existencia según una racionalidad específica, diferente de las de otras escuelas de su tiempo frente a las que se encontraba en competencia.

Así pues, ¿en qué sentido podemos decir que la física epicúrea, el materialismo de la desviación, tiene una dimensión ética o, incluso, que es parte vertebral de una apuesta existencial? Alejados de las lecturas (quizá justificadas, dado el texto lucreciano) que observan en el clinamen el fundamento de la libre voluntad humana, la tesis que sostendremos remite a la lectura que Hadot diese de las sectas filosóficas antiguas: el estudio de la física es, digámoslo con el francés, una modalidad concreta de ejercicio espiritual, es decir, una forma de la práctica existencial o, como prefería Foucault, una técnica de sí. En definitiva, se trataría de un entrenamiento en la virtud. El estudio de la física resulta, en una ética antiteleológica como es la epicúrea, sinónimo de ataraxia. No un medio para alcanzar la felicidad, sino uno de los nombres de
la felicidad misma. Permite, como observaremos, desprenderse de aquello que perturba el alma; pero, también, y, probablemente, más importante, permite gozar del instante presente como del lugar en el que coagulan todos los placeres posibles de la existencia.

Para hacer visible este carácter gozoso del estudio de la física materialista resulta del todo necesario sumergirse en los postulados que dicha física introduce. Para ello nos apoyaremos, además de en la ya mencionada lectura de Serres, en la hipótesis althusseriana del materialismo epicúreo como materialismo aleatorio, la cual, entendemos, a su vez se apoya en las nociones de diferencia de Derrida o de diferencia sin concepto de Deleuze. El átomo aparece bajo estas lecturas no tanto como sustancia primera e indivisible, sino como abgrund, fundamento desfundamentado, como ausencia de fundamento. El marco formado por átomos y vacío serviría así para pensar el Ser en su dimensión material, diferente de los entes concretos que constituyen el mundo, y contra todo retorno a la metafísica o a la ontoteología. El átomo, ese átomo pensado a imagen y semejanza del clinamen, legible tan sólo en sus efectos mas imperceptible e ilocalizable en sí mismo, inexistente en la medida en que no se encuentra ya en relación con otros átomos, tiende, desde esta perspectiva, a confundirse con el vacío. ¿Es necesario recordar el hilo rojo que une al atomismo con la escuela eleática y, para lo que aquí nos interesa, en concreto, con Zenón, quien defendiera la segmentación ad infinitum tanto del espacio como del tiempo? La crítica spinoziana del atomismo, correcta en lo fundamental, pues que dirigida contra una comprensión vulgarizada del atomismo, resulta innecesaria desde el momento en que el átomo es concebido en su carácter inobjetivo, de cuasi-objeto, a semejanza del clinamen, como diferencia en el vacío que rompe el vacío.

El átomo no preexiste a su encuentro con otros átomos. Los átomos y el vacío, como aprendiera Epicuro de Leucipo y Demócrito, forman un campo trascendental, un plano de inmanencia que ha de ser extraído/abstraído de un mundo ya dado, de un sistema de entes que no deja de cambiar y que parece encontrarse siempre al borde de la destrucción. ¿Cómo se explica la formación, la emergencia del mundo y de nosotros, sujetos éticos, en él? Llueve, decía Althusser para definir el peculiar “origen” de este materialismo del encuentro. ¿Pero qué extraño materialismo es éste en el que la materia ha perdido toda su solidez para devenir flujo, fluido, lluvia? La imagen lucreciana de una lluvia de átomos que caen en paralelo a lo largo de un espacio infinito por un tiempo que no es sino el de la eternidad nos deja, sin duda, una de las más excelsas metáforas espaciales para referir la temporalidad, pero también nos permite delinear la genealogía sorprendente del instante presente tal y como nos es dado. Pensar esa condiciones materiales de existencia que nos hacen ser lo que somos, enseña el epicureísmo, es fuente del más alto de los placeres. No es casual que la Iglesia quemara a Giordano Bruno por ello. Trataremos de repetir su gesto. De disfrutar del lapso que el Profesor José Luis Moreno Pestaña muy amablemente nos ha concedido para repensar el epicureísmo.  

miércoles, 19 de febrero de 2014

La traición de Clitemnestra

«tú que eres y serás / cuando yo ya no sea  /
X sordo / mazo gigante / rompiendo mi cabeza»
G. Bataille, La Orestiada


«Una vez que Perséfona casta por varios caminos
Retiró de mi vista las almas de aquellas mujeres,
Vino Agamenón, el Atrida; llegaba sumido
En tristeza y en torno reuníanse las almas de aquellos
Que su sino cumplieron con él en las casas de Egisto.
Conocíome al momento que en mí se posaron sus ojos
Y clamó en alta voz derramando espesísimo llanto.
A mi encuentro tendiendo las manos trató de [abrazarme,
Mas faltaba del todo ya en él la indomable energía
Y el vigor que otro tiempo animara sus ágiles [miembros.

Brotó el llanto en mis ojos al verle, apiadóse mi alma
Y, dejándome oír en aladas palabras, le dije:
“¡Gloriosísimo Atrida, oh tú, Agamenón soberano!
¿Qué destino te vino a abatir en la muerte penosa?
¿Fue quizá Posidón quien dio fin a tu vida en las naves
Suscitando las ráfagas fieras de vientos adversos
O matáronte en tierra los enemigos al tiempo que [hacías
De sus bueyes botín o sus pingües rebaños? ¿O en la lucha
Sucumbiste por una ciudad o por bellas mujeres?”

Tal hablé. Sin hacerse esperar contestó por su parte:
“¡Oh Laertíada, retoño de Zeus, Ulises mañero!
En verdad no acabó Posidón con mi vida en las naves
Suscitando las ráfagas fieras de vientos adversos
Ni me dio muerte en tierra tampoco ningún enemigo;
Que fue Egisto el que urdió consumar mi ruina de acuerdo
Con mi pérfida esposa. Invitado a su casa, en la mesa
Me mató como matan a un buey de cara al pesebre
Con la muerte más triste; y en torno también uno a uno
Sucumbieron mis hombres. Así colmilludos jabatos
Van muriendo en la casa de un noble opulento en los días
De comidas a escote, de bodas, de ricos festines.
Tú ya has visto, sin duda, morir multitud de varones
Tanto en lid singular como en recios combates de guerra;
Pero nunca sentiste una tal compasión cual te hubiera
Embargado si allá entre las jarras y mesas repletas
Nos miraras yacer en el piso humeante de sangre.
Oí, en esto, la voz lastimera de la hija de Príamo,
De Casandra, a la cual sobre mí la falaz Clitemnestra
Daba muerte; expirante ya en torno al cuchillo, los brazos
Intenté levantar, mas en vano. Y aquella impudente
Apartóse y no quiso, ni viéndome ir al Hades,
Con sus manos mis ojos cubrir ni cerrarme los labios.
En verdad que no hay nada más fiero ni más miserable
Que mujer que tamañas acciones prepara en su pecho,
Como el crimen inicuo que aquélla ideó de dar muerte
Al esposo, señor de su hogar. ¡Y yo, en tanto, pensaba,
Al llegar a mi casa de nuevo, gozar del cariño
De mis hijos y siervos! Sin par en su mente perversa,
La ignominia vertió sobre sí y, a la vez, sobre todas
Las mujeres, aun rectas, que vivan de hoy en el mundo.”
De ese modo él habló y, a mi vez, contestándole dije:
“¡Oh desgracia! De antiguo ya Zeus, el de amplia mirada,
Al linaje de Atreo con saña persigue ayudando
Mujeriles designios: Helena perdiónos ya a muchos
Y ahora a ti de tan lejos urdió su traición Clitemnestra.”

Tal hablé. Sin hacerse esperar contestándome dijo:
“Así, pues, no seas tú, por tu parte, remiso tampoco
Con tu esposa ni le hagas saber todo aquello que pienses;
Dile sólo una parte y esté lo demás bien oculto.
Mas, ¡oh Ulises!, a ti no te vendrá por tu esposa la muerte,
Que de mente bien cuerda y honrado sentir en el pecho
Es la hija de Icario, Penélope, insigne en prudencia:
Desposada en su flor juvenil la dejamos nosotros
Al partir a la guerra y un niño tenía en su regazo
Tierno entonces aún, mas que ya entre los hombres se cuenta.
¡Bienhadado! Su padre ha de verlo una vez que allí llegue
Y él también, como es ley, echaráse en los brazos del padre,
Mientras ella, mi esposa, impidió que saciara mis ojos
Contemplando a mi hijo: primero acabó con mi vida.
Otra cosa te habré de decir, tú reténla en tu mente.
A escondidas y no al descubierto dirige a tu patria
El bajel: no es posible hoy más confiar en mujeres.»

Odisea, XI, 385-456.

Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia