domingo, 6 de enero de 2013

Otro que se fue a ningún lado

Anoche estuve viendo de nuevo La vida de los otros, la brechtiana película del guionista y director Florian Henckel von Donnersmarck que ganase, entre otros muchos premios, el Óscar a la mejor película extranjera en 2007. Cualquiera que la haya visto sabrá lo esencial del argumento: no voy a resumirlo aquí. Sólo recordar que la acción comienza en 1984, mientras Alemania está dividida por el muro, en el Berlín Oriental. Que entonces la Stasi vigilaba con cuidado cada movimiento y cada palabra de los ciudadanos. También, por supuesto, de intelecutales y artistas. Que, cuando no los encarcerlaba, dejaba sin trabajo y en la desesperación a todos aquellos que no consentían agachar la cabeza ante el Partido. 

Pero, insisto, no quiero resumir aquí la película ni aún siquiera describir la atmósfera de gris opresión que reinaba aún en los años ochenta al otro lado del telón de acero. Me interesa, sin embargo, llamar la atención precisamente sobre aquello que en la narración fílmica queda oculto, un texto en torno al cual gira toda la trama y del cual apenas sí conocemos las primeras líneas y, yo a partir de los subtítulos en español, dos versiones prácticamente idénticas del título: Sobre uno que se fue al otro lado y Uno que se fue al otro lado. Sabemos también que su autor no pretende que sea un artículo de agitación política, sino un texto literario. Esas primeras líneas del escrito que para el periódico de la República Federal Alemana Der Spiegel redactara el personaje de Georg Dreyman dicen así:
"El Departamento de Estadística de la calle H... lo cuenta todo, lo sabe todo. Cuántos zapatos me compro al año: 2.3; cuántos libros me leo al año: 3.2; y cuántos alumnos aprueban secundaria con sobresaliente al año: 6.347. Pero hay una cosa que no cuentan, porque incluso a los burócratas les resulta dolorosa: los suicidios. Si llamas a la calle W... para preguntar a cuánta gente en todo el país la desesperación llevó al suicidio, nuestro oráculo calla y probablemente anote tu nombre y apellidos para la seguridad del Estado, esos hombres grises que en nuestro país salvaguardan la seguridad y la felicidad. En 1977 nuestro país dejó de contar las muertes por suicidio. Los llamaron autoasesinatos, pero no son en absoluto asesinatos. No tienen que ver con el gusto por la sangre ni con la pasión desatada, sino con la muerte, la muerte de toda esperanza. Cuando dejamos de contar hace nueve años sólo había un país en Europa con mayor índice de suicidios, Hungría. Detrás íbamos nosotros, la tierra del socialismo real. Uno de los no contabilizados es Albert Jerska, el gran director. De él quiero hablar hoy".
El título del artículo, obviamente, juega con el significado ambiguo de la expresión "se fue al otro lado". La expresión, usada más habitualmente para referir el éxodo de tantos hacia el Occidente capitalista, señala aquí esa forma de fuga hacia ninguna parte que el suicidio dibuja. Nosotros, que habitamos un mundo en el que no queda Oeste al que ir, a cuántos más tendremos que ver saltar el muro antes de hacer caer este orden asesino.

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Pablo Lópiz Cantó

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