sábado, 25 de julio de 2009

Artificios poéticos





Dos de las tres partes de que se compuso mi intervención en Las veladillas poéticas del Alamillo, dedicadas a Antonio y los Machado, en Sevilla, a 22 de julio de 2009.

lunes, 20 de julio de 2009

El último complementario

Justo al contrario que Pessoa, quien genera toda la serie de sus heterónimos para ser otro, pirata o amante, poeta clásico o vanguardista, cualquiera salvo Pessoa, Antonio Machado da a luz a los complementarios, a esos otros que son él mismo. Rara es la fascinación que produce Juan de Mairena, pero también su maestro Abel Martín, sus filosofías líricas y delirantes. Sin embargo, junto a todos ellos se erige el gran creador, Jorge Meneses, complementario de ese complementario de Antonio Machado que fuera el hace ahora cien años fallecido Juan de Mairena. Es a él a quien le debemos la invención de la Máquina de trovar. Este artilugio es el complementario definitivo. Él escribe las Coplas mecánicas. Él es el sujeto último de la poesía para un tiempo sin sentimentalidad:

"... pongo en marcha mi aristón poético o máquina de trovar. Mi modesto aparato no pretende sustituir al poeta (aunque puede con ventaja suplir al maestro de retórica), sino regristrar de un manera objetiva el estado emotivo, sentimental, de un grupo humano... no registra en cifras, no traduce a lenguaje cuantitativo la lírica ambiente, sino que nos da su expresión objetiva, completamente desindividualizada... la canción del grupo humano, ante el cual el aparato funciona... Su funcionamiento es más sencillo que el de una máquina de escribir. Esta especie de piano-fonógrafo tiene un teclado dividido en tres sectores: el positivo, el negativo y el hipotético. Sus fonogramas no son letras, sino palabras... Producida la copla, puede cantarse a coro... El poeta, inventor y manipulador del artificio mecánico, es un investigador y colector de sentimientos elementales; un folklorista, a su manera, y un creador impasible de canciones populares, sin incurrir nunca en el pastiche de lo popular. Prescinde de su propio sentir, pero anota el de su prójimo y lo reconoce en sí mismo como sentir humano... La Máquina de trovar, en suma, puede entretener a las masas e iniciarlas en su propio sentir, mientras llegan los nuevos poetas, los cantores de una nueva sentimentalidad".
Notas para lectura poética en las Veladillas del Alamillo, en Sevilla, el 22 de julio de 2009. Cf. A. Machado, Obras completas I, RBA, Barcelona, 2005.

lunes, 13 de julio de 2009

Escribir de noche

El humo del cigarro, siempre otro y siempre el mismo, varía de tanto en tanto su trayectoria. El amanecer dictará el punto final de lo que está aún siempre por decir. Hay un raro goce en jugar sobre el límite del tiempo y en atravesar la madrugada, solo, para salir al otro lado, de retorno, con un mensaje nuevo.

domingo, 12 de julio de 2009

La imposibilidad de escribir

La angustia, no frente a la página en blanco, sino ante el avance de la escritura, desbocada.

lunes, 6 de julio de 2009

Literatura amorosa IV

Hay un placer en el ejercicio de la escritura, una búsqueda que se satisface. En él reside el gusto por el trabajo bien hecho, por la consecución de los objetivos, por la expresión de ideas o afectos. En él se asienta la comunicación, o la elección necesariamente sacrificial por la obra. Pero en la escritura también puede haber un goce, esa disposición sin término que se retrasa en las minucias, incluso al margen del estilo, en el tono, neutro, deslizante, que no lleva a ninguna parte, sino que se concede, bajo la forma del gasto, del derroche y el silencio. Dejarse arrastrar por la literatura amorosa exige, tal vez, atender a esa otra parte, más suave, menos heroica o arrebatada. Porque el amor --su literatura-- roza obsesivamente ese campo minado que es el de lo imposible, se despliega como un deseo paradójico, intenso al mismo tiempo que lánguido y especioso.

Releyendo algunos textos filosóficos en torno a esa forma de afectividad extraña que el enamoramiento despeja, vuelven sobre mí una y otra vez diversas preocupaciones que se entrelazan y confunden, que no acaban de organizarse según la forma de la argumentación lógica y estructurada: la seducción de lo oscuro, la temática de la clandestinidad, el juego de presencia y ausencia del otro, el derrumbe de la subjetividad. Se podría aludir a Platón y hacer, así, girar la argumentación en torno a lo ya dicho, pero creo que sería precisamente la parte de goce la que se borraría al establecer con excesiva precisión los perfiles de algo que es, en sí mismo, difuso, que no es un concepto sino más bien una sentimentalidad.

Si, como quería Blanchot, no se puede sin traición hablar del amigo, qué no ocurrirá con el ser amado, el cual, si bien es constantemente recubierto por un discurso que no deja de tratar de atraerlo, con todo, permanece ajeno a la captura y a la seducción por la palabra. Todo amor es, al menos en parte, clandestino. Está afectado por una oscuridad esencial que lo lanza hacia delante, que lo proyecta hacia un futuro indefinido. Es ese núcleo no visto lo que acaso conforma el motor de la máquina de guerra de los enamorados, una maquina dispuesta a destruirlo todo, a hacer arder el mundo y a los amantes mismos. El amor construye siempre para los amantes un cuarto oscuro: ese espacio mítico, porque inaprensible, en el cual los cuerpos se donan anónimos el uno frente al otro, ciegos el uno al lado del otro.

Como la escritura, el deseo, pero, más que el deseo, el amor, se dirige a lo que en el otro hay de anónimo. Convoca al nosotros, a esa zona de interposición que es común porque no pertenece a nadie. Sin duda, es necesario, para amar, escapar al deseo del otro, insistir en una diferencia que es despliegue autónomo, coraje de sí, ascetismo orgulloso. Mas, precisamente en esa misma medida, el deseo reapropiado ha de querer hacerse cargo de ese otro del cual se escapa, de lo que en el otro resiste a la captura, heterogéneo y giratorio.

Cuando al ser entrevistando R. Barthes precisa algunas de las nociones teóricas que gobiernan sus Fragmentos de un discurso amoroso, explicita un ideal, lo que él mismo concibe como el movimiento hacia un nuevo mundo amoroso. La figura que domina el conjunto es la de "no-querer-asir". El enamorado lucha, infructuosamente, por no ser sometido, por no quedar bajo el imperio de la imagen del ser amado. Pero también se esfuerza por no someter, por dominar su propio deseo para que no se convierta en tiránico. Se trata con ello de no bloquear, de abrir los flujos, de dejar circular, de permanecer en el bamboleo, asomado a lo anónimo.

He crecido leyendo a Bataille, fascinado por la intensidad erótica, por el sujeto calcinado en el instante legendario del orgasmo, por la visión que se abisma sobre el afuera. La transgresión sexual, al menos en su aparecer más literario, ofrece el ejemplo del instante en el que los cuerpos retornan a su anonimato, desprendidos ya de la identidad que los conforma separados, balanceándose sobre el límite que los distingue. Pero, el instante fulgurante del orgasmo ha de encontrar continuidad más allá de la eyaculación y la descarga. La literatura sobre la liberación sexual ha hecho hincapié en ese momento sin duración en el que se dice se divisa la verdad cegadora. Frente a ese discurso que se agota en los flujos y en el goce de lo abyecto, es necesario desplegar el decir de una sensualidad difusa, más suave pero más insidiosa, el decir de una liberación afectiva, amorosa.

¿Dónde encontrar esa experiencia capaz de continuar el arrebato de la liberación sexual y la verdad que esta transporta? ¿Cómo representar esa pizca de sentimentalidad que amplifica la ruptura de las identidades, el derrumbe de los sujetos separados, que estira lo anónimo permitiendo a los amantes encontrarse bajo la forma de un desencuentro, en esa tierra de nadie que es motor, clandestinidad, circulación ininterrumpida del deseo? ¿Dónde sino en el lugar del sueño? No en el de lo onírico sino en el espacio vacío del dormir, allí cuando el yo se confunde con el olvido, cuando sumergido en las tinieblas suaves del desasimiento se asimila con la noche. El amor --en tanto transgresión de la transgresión-- encuentra su arquetipo, no en el programa orgiástico de la liberación sexual, no en los miembros arrasados de placer, no en la inconsciencia abrasadora del orgasmo. Lo halla en el dormitar apacible de dos cuerpos que caen juntos en un tiempo eclipsado. Jean-Luc Nancy lo expresa con precisión en Tumba de sueño:

"El dormir juntos no abre otra cosa que la posibilidad de penetrar en lo más íntimo del otro, a saber, justamente su sueño. El sueño dichoso y lánguido de los amantes que se hunden juntos en él prolonga su espasmo amoroso en un largo suspenso, en un punto culminante mantenido hasta los límites de la disolución y la desaparición de su propio acuerdo".

viernes, 3 de julio de 2009

jueves, 2 de julio de 2009

Literatura amorosa III

Decenas de golondrinas giran frente a la ventana junto a la cual escribo. Se persiguen. Construyen sus nidos. Obsesionado con la verdad --con la práctica, acaso en el sentido que le diese el cinismo antiguo, de una vida verdadera--, creo no haberme ocultado demasiado, haber jugado a hacer de mis gustos algo público, especialmente si podían ser motivo de escándalo. Traté de asumir los riesgos que, en materia de amor, el hablar claro necesariamente conlleva. Y de hacer de mi gestualidad lenguaje esencial, vía de expresión, plano de consistencia. De hacerlo con una sonrisa. Sin duda, quise vivir con orgullo lo que para otros pudiera aparecer como motivo de vergüenza, saltando sobre la angustia afirmar mi diferencia, desplegar --como me exigiera la lectura de Char-- mi singularidad legítima.

Ahora bien, es necesario reconocer que los peligros que he corrido han sido pocos. No me puedo permitir, por tanto, simular un heroísmo que no me corresponde a mí y sí, en cambio, a seres queridos, cercanos, de quienes aún aprendo cada día, a veces a su pesar, el coraje necesario para saltar sobre el estigma y la norma, para decir sí al deseo con independencia del qué dirán, de las costumbres asentadas, chantajes o guías. Mi desviación es mínima. En ningún caso subversiva. Tiene lugar más bajo la forma del deslizamiento que de la ruptura.

Por otro lado, el decirlo todo, ahora parece obvio, no debía en ningún caso pasar por la reproducción del mecanismo de la confesión cristiana. Fue leyendo a Foucault que aprendí acerca de la polivalencia táctica no sólo de los discursos, sino también de los silencios. De él, que siempre apostó por los amores clandestinos. De él, que en su libro La voluntad de saber mostró cómo el discurso en torno a uno mismo, ese que instiga a desvelar la verdad oculta que bajo el cuerpo propio habita, a reconocer abiertamente el deseo que nos constituye diversos, no es más que un mecanismo, otro, de ejercicio de poder, construcción de esa cárcel del cuerpo que es el alma. Al fin, la exigencia de confesión de los personales apetitos, de nuestras más nimias acciones, de los pensamientos fugaces o repetidos, de un querer que por vulgar roza lo ridículo, resultó ser un forma constante, continua, capaz de cercanos, de atarnos a un rol, a una máscara, de gelificar lo que en nosotros pueda haber de fluido, de iluminar para suprimir nuestro resto oscuro, maldito.

Ya Deleuze y Guattari habían insistido en la crítica a ese psicoanálisis que, obsesionado con el Edipo, encuentra en cada lapsus y en cada palabra un sucio secretito que hay que desvelar, hacer visible. Sin duda, existe un imperativo social que, a través del mecanismo de la confesión, nos impele a definirnos, a fijarnos en una identidad, a quebrar los devenires que nos atraviesan y transforman, a clausurar lo que en nosotros persiste anónimo, mutante, residual. Mas, ¿cómo, entonces, conjugar la apuesta por una vida verdadera que es hablar claro y decirlo todo, que es gestualidad pública y escandalosa, y, al mismo tiempo, escapar al mecanismo de la confesión que nos ata y nos somete, que nos fija y determina?

¡Oh! Aquí, sí, he de confesarme: sigo, a pesar de todo, siendo lacaniano: es necesario escapar al deseo del otro, devenir soberano, padre despótico, potencia constituyente, legislador. Es necesario hacerse cargo de uno mismo, de la propia vida, del propio crimen. Sólo en la medida en que uno acepta su posición de deseo, su posición subjetiva, su carácter estrictamente heteróclito, residual, es posible empezar a hablar desde otro lado. Porque el habla verdadera no pasa por decir otra cosa, sino por franquear el umbral, por decir lo que se dice desde otro punto, desde ese en el que ya no hay que dar explicaciones, no hay nada que confesar, porque se sabe, se siente, que el propio sujeto, el sí mismo, no es sino un suplemento móvil e invisible, rotatorio y anónimo, inaprensible y cambiante: oscuridad.

Sólo a partir de la afirmación solitaria y alegre del propio crimen es posible estrechar lazos, construir manada, tejer la Nueva Familia. Es ahora, leyendo el recién publicado libro de Jean Genet El niño criminal, que resulta sencillo escoger las palabras precisas. Toda posición de deseo libre del dominio del otro ha de desarrollar su lógica severa, despejar sus leyes, elevar un pueblo y un cosmos. Todo sujeto ha de abrirse al devenir que ya anuncia, trazar su línea nocturna. Es válido para todo querer-vivir que sea desafío, lo que para la homosexualidad apuntaba, rebelde, Genet en su Fragmentos:

"...comporta un sistema erótico propio, una sensibilidad, unas pasiones, un amor, unas ceremonias, unos ritos, unas nupcias, unos duelos, unos cantos: una civilización pero que, en lugar de unir, aísla, y que se vive solitariamente en cada uno de nosotros".

Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia