domingo, 27 de septiembre de 2009

Un nuevo amigo


El Sr. James está a punto de llegar a tu ciudad. Cargado de libros.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Literatura amorosa VII

He estado de nuevo escuchado Transformer, el disco de Lou Reed, y ahora no se me va de la cabeza el maldito estribillo de "Satellite of love". Me gusta esa canción: satélite de amor, girando en elipses, aproximándose y volviéndose a alejar. Acaso en eso resida casi todo, en saber dar vueltas en el espacio vacío, en girar en solitario. También en saber jugar con las distancias, en retornar cíclicamente como las ferias o como el verano.

Fue en el principio cuando, junto a M., decidí escapar a las lógicas de grupo, sostener tan solo relaciones de uno contra uno, multiplicarlas en número para atesorar de cada cual el máximo de singularidad, su carácter exclusivo, su cuantum diferencial. Pienso ahora que acaso la estrategia ya estaba entonces del todo dibujada. Su lógica perfecta: una lógica orbital. Y que la revelación que más tarde creí tener durante la celebración en Barcelona del primer May-Day no fue sino la constatación de lo ya vivido, un refrendo, iluminación de lo que había. Resultó divertida aquella jornada. La multitud precaria descendiendo festiva. Quedé fascinado frente a los agentes satélite, apareciendo y desapareciendo entre la masa informe que formábamos todos juntos. Alejándose del grupo para reventar un escaparate o para escribir sobre una fachada. Para dejar un mensaje.

Yo tenía once años cuando lo del Cometa Halley. Quizá por eso me gustan tanto los movimientos orbitales. Los astros que van y vienen. Incluso los que no orbitan en torno a la Tierra. Acaso el amor pueda trazar una figura elíptica, como la de un satélite. Tal vez mi cuerpo gire como la luna o como el Encke. Al fin, como en otro lado dice Lou Reed, "Si pudiera ser una de esas cosas de este mundo que muerden/ En vez de un ocelote domesticado y con correa, preferiría ser una cometa/ Y estaría atado al final de tu cuerda/ Volando en el aire de la noche".

martes, 22 de septiembre de 2009

lunes, 21 de septiembre de 2009

Literatura amorosa VI

Me duele la cabeza. La construcción consciente de la propia vida no deja de resultar a ratos una tarea molesta, extenuante, y la envidia idiota frente a quienes nada se preguntan ni transforman aflora. Como tantos otros, he salido raro. Los flujos de deseo que me atraviesan no se adaptan bien a las espectativas. Soy efecto de un mal acoplamiento. Investigo por ello en libros y bocas otros modos de existencia, cómo inventar la diferencia, cómo desplegar mi singularidad legítima. Profundizo en la labor. Continúo la lectura.

La última remesa de libros insiste en desvelarme caminos que de algún modo había desde tiempo antes comenzado a transitar. Después de dos años de seminario en la Escuela de Altos Estudios de París, dedicados a la investigación del discurso amoroso, Roland Barthes, a propuesta de Michel Foucault, ingresa en el Collège de France. Será entonces, entre 1976 y 1977 cuando oferte su curso titulado Cómo Vivir-Juntos. El texto se desarrolla como enseñanza fantasmática, como descripción a base de trazos de un fantasma concreto, el de la "idiorrythmia".

El término funda el campo de estudio y experimentación. Significa algo así como "el ritmo propio ". Barthes se extiende sobre la posibilidad de un Vivir-Juntos que, sin embargo, no somete a los que reune ni les impone un ritmo que les resultaría ajeno, sobre la posibilidad de esa comunidad en la que uno despliega su propia trayectoria sin por ello suspender lo que le permite no Vivir-Solo:

"Es un fantasma de vida, de régimen, de modo de vida, diaita, dieta. Ni dual, ni plural (colectivo). Algo así como una soledad interrumpida de una manera reglada: la paradoja, la contradicción, la aporía de una puesta en común de distancias".

La aproximación al fantasma es, en Barthes, siempre tangencial. En contrapartida, propone la imagen perfecta de lo que sería justo lo contrario de una asociación idiorrythmica: la madre que lleva al niño de la mano, con prisa, tirando de él y sometiéndolo a su paso, a su ritmo. Se trata, por tanto, de algo que tiene que ver con la singular cadencia de cada sujeto, con su tempo. La genealogía del término remite a los antiguos atomistas, a Leucipo y Demócrito. En la filosofía antigua rhuthmos no refiere a un movimiento regular, sino a una forma distintiva, a una disposición, a la manera particular en que fluyen los átomos, a la configuración aleatoria y nunca fija de formar figuras. El ritmo propio, en este sentido, reenvía a formas sutiles de comportamiento, a los específicos humores, a configuraciones no estables pero sí proporcionadas.

Sin duda, Barthes se aleja de los trabajos anteriormente desarrollados en torno al discurso del sujeto enamorado, hasta el punto de afirmar que el fantasma de la comunidad idiorrythmica no está en absoluto en relación con el Vivir-a-Dos, con el discurso semi-conyugal que sucede al discurso amoroso: "L'appartement centré ne peut être idiorrythmique" --concluye antes siquiera de empezar. Sin embargo, la obsesión retorna a lo largo de las jornadas del curso. Y, de algún modo, breve, indeciso, se entrevé la posibilidad de la comunidad amorosa idiorrythmica. En la sesión del dos de febrero de 1977 apunta la que acaso sea mi obsesión --la posición (discursiva) de mi deseo:

"Más la idiorrythmia es forcluida, más Eros es expulsado. Idiorrythmia: dimensión constitutiva de Eros.→ Relación proporcional entre movilidad de los ritmos particulares, la aireación, las distancias, las diferencias del Vivir-Juntos y la plenitud, la riqueza del Eros. → Hacia una erótica de la distancia -- idea que no es extraña al Tao. Idiorrythmia: protección del cuerpo que se mantiene distante para salvaguardar el valor del cuerpo: su deseo".
Cf. R. Barthes, Comment vivre ensemble, Paris, Seuil, 2002.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Invarianza

"Los códigos del amor cambian más rápidamente aún que los del lenguaje y de la dignidad de ser hombre. Lo que en cambio permanece inalterable es el miedo al conocimiento amoroso, el miedo a vivir, el terror profundo, imbécil, del eros, que conduce a la mortificación".
Pier Paolo Passolini, Respuesta a Duflot, 1975.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Estate al loro

Cazador cazado: es siempre el objeto de deseo, y no aquel que desea, quien captura.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Literatura amorosa V

Con un pensamiento fijo y tranquilizador he descendido la cuesta deslizándome en bici bajo una lluvia suave hasta llegar a casa: posponer todas las obligaciones y tareas para sumergirme en la traducción libre, para nada rigurosa, de alguna de las figuras que, a pesar de redactadas, finalmente R. Barthes decidió dejar inéditas al publicar sus Fragmentos de un discurso amoroso. Se traduce por lo mismo que se escribe, por placer, por sentir cómo las palabras rodean el cuerpo y lo atraviesan, para percibir la afección estrictamente física del lenguaje, cómo el discurso acaricia y envuelve. Quedaba por decidir qué figura de entre las veinte, en qué rastro situarse. Poco a poco se me ha impuesto la elección. El deseo funciona solo. Todas me fascinan, pero algunas más que otras. Permanezco alucinado frente a la del "Confidente", o ante esa otra del "Sexo". Pero, sin que pueda decir muy bien porqué --y ello acaso porque lo sé con excesiva exactitud-- una me ha arrastrado, como en una vuelta de tuerca, definitivamente: aquella del "Libro".

EL LIBRO

LIBRO. Función de los escritos en el origen del amor: se ama porque ha habido libros.

1. DANTE Y OSSIAN

Francesca di Rimini y Paolo Malatesta descubren que se aman al leer los amores de Lancelot y Ginebra. Werther lee Ossian a Carlota y esa lectura lleva a su culmen la pasión del uno, la emoción de la otra. El amor viene del libro, el amor es en primer lugar escrito. Yo no hago sino reescribirlo, al infinito: no sabría qué desear, no sabría que hacer sin un libro para guiarme. Encuentro siempre un libro que da cuerpo (lenguaje, anécdota, emoción) a mi deseo.

(Dafnis y Cloe es el libro de esta paradoja: un amor sin libro anterior; es necesaria esa enormidad para definir "la Naturaleza" -- que, por otro lado, los amantes se apresuran a descifrar como un texto.)

2. EL LIBRO ANÓNIMO

Como burgués, Werther toma sus códigos de la alta cultura; antes del amor, antes de Ossian, leía a Homero y extraía los fantasmas de vida apacible, patriarcal. Sin embargo, la pasión puede nacer fuera de la literatura; el propio Werther lo constata al descubrir que el joven sirviente, prendado de una viuda, es un enamorado del mismo tipo que él ("Por tanto, ese amor, esa fidelidad, esa pasión, no es una pasión de poetas"). En algún lugar en el sujeto humano, en cualquier cultura a la que pertenezca, siempre hay un Libro, y ese Libro gobierna el lenguaje del afecto, el afecto como lenguaje. El soldado Gobain, perteneciente a la guardia del Primer Cónsul, se suicida por amor; sin duda, no había leído ni a Chrétien de Troyes, ni a Dante, ni a Goethe; el Libro conductor, que de algún modo le obligaba a hablar del amor de una cierta manera (suicidándose, por ejemplo), era el gran Libro anónimo del Lenguaje, el libro del Otro: Libro irreparable de donde afloran a veces los fragmentos más claros: las canciones populares.

3. LA LECTURA EN COMÚN

Chrétien de Troyes y Ossian son leídos en común por los dos amantes, y es en esa lectura común que de golpe descubren el amor. Un lenguaje tercero deviene el lugar de encuentro de los enamorados (hoy podría tratarse de una película, de un disco). El Libro desciende sobre el doble cuerpo y lo suprime; los dos besos se confunden, aquel de Ginebra-Lancelot y ese de Paolo-Francesca, y el cataclismo que arrastra a los héroes de Ossian se convierte en el "torrente de lágrimas" que arrastra a Carlota y a Werther. El Libro de amor no es pedagógico; no enseña a hacer el amor, es mágico; induce a su existencia; tiene la función de una fórmula operatoria, que es conducir la fuerza que va de las palabras a los actos; el Libro es paso a lo real, acting-out: el beso sale del papel y va a posarse sobre los labios de Paolo y Francesca (el papel --velo, distancia, decencia, irrealidad, control, censura-- se vuelve del revés: lo simbólico, que constituye el libro, es transgredido).

4. EL LIBRO COMO CEBO

Ossian, el texto conductor, es hoy muy emocionante. Y, por otro lado, ¿cómo se puede llorar torrencialmente leyendo un libro (en cuanto hay una película sentimental se me empañan los ojos)? Sin duda, la sensibilidad es histórica, cambia hasta el punto de volverse muy rápidamente incomprensible (nosotros mismos no siempre comprendemos nuestras emociones pasadas). Pero esta explicación deja al descubierto otra cuestión: ¿y si estuviera en el estatuto mismo del sentimiento amoroso el tomar la forma de una fraseología? Werther y Carlota se encuentran fascinados por la retórica ossienica, del mismo modo que, en otro orden, Bouvard y Pécuchet están fascinados por los tratados imbéciles que leen con avidez y se aplican en seguida; se diría que la hipnosis de la pasión amorosa comunica necesariamente con la hipnosis del estereotipo. Lo que el enamorado recibe no es más que el enunciado del Libro, y no aquello que puede hacer de ese enunciado un objeto sutil, con clase, un abanico de sentidos. Lector apasionado y plano, el sujeto amoroso no se interesa por el Texto; lo que consume de forma inmediata es una analogía; el campo en el que se sitúa es el de la sensibilidad analógica, el de la facilidad analógica, en resumen, el de un cebo, objeto mismo de la lectura imaginaria: Ossian es un cebo amoroso, tan insulso como el rosa sucio del capote del matador sobre el cual el animal se precipita como si se tratara de un rojo violento; la etnología animal está llena de esas influencias: el macho artificial que se le pone a la hembra del picón común no es más que un objeto oblongo con el rojo en la parte de abajo. Como el picón, el enamorado no tiene nada que ver ni con el buen gusto, ni con la verdad --solamente con lo "verosímil".

5. CONTRA-LIBRO

("Ayer por la tarde, perdido, he entrado en una librería en la que he comprado una buena dosis de Nietzsche. No vi más que esa lectura, que era acorde al esfuerzo que hago por "zafarme". Todo fue, al final, un poco ilusorio: las cosas admirables, que me sacan de mi fascinación, pero también las zonas monótonas y, sobre todo, muy a menudo, ese lado torero, esa voluntad laboriosa de baile, que es casi... vulgar.")
R. Barthes, Fragments d'un discours amoureux: inédits, Paris, Seuil, 2007.

martes, 15 de septiembre de 2009

Pensaba escribir

Pensaba decir un día de furia, mi odio, un odio total, sin fisuras ni excusas, el odio absoluto que a veces me arrastra. Quería contar el deseo que en ocasiones me habita de hacer saltar en pedazos el mundo, de prenderle fuego al presente, al orden político, a la estructura capitalista, a las condiciones de existencia, al estado de cosas, a mi vida, a la vida toda, entera. Fabulaba con escribir que a ratos sólo entiendo a quienes se atan con cinta aislante una bomba al estómago y revientan reventándolo todo, sin seleccionar a las víctimas, sin pararse a escoger ni a diferenciar, con arbitrariedad plena, sin Dios ni huríes, sin estrategias ni objetivos. Deseaba decir mi asco ancestral, detallar con cuidado y precisión el no sin límite que como un eructo me viene a la boca. Pensaba escribir la rabia. Iba a dejar claro que mi tiempo es siempre y sólo el tiempo de la afectividad intensa. Que mi piel responde a cada revés de la suerte de manera acaso excesiva. Que soy una llaga. Que en mí respira un insulto redondo. Pleno. Cien insultos. Mil palabras de rechazo, un grito indistinto, sin origen ni destino. Que soy el malestar: un deseo concentrado de calcinar la realidad, de dimitir y de despedir, de abandonar rescindiendo todos los contratos, de hacer definitivamente estallar el maldito cosmos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Cada cual carga con sus vicios

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar. / Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta. / Todo esfuerzo mío es una condena escrita;/ y está mi corazón --como un cadáver-- sepultado. / Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo. / Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire / oscuras ruinas de mi vida veo aquí, / donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. / La ciudad te seguirá. Vagarás / por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo / y en estas mismas casas encanecerás. / Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar --no esperes-- / no hay barco para ti, no hay camino. / Así como tu vida la arruinaste aquí / en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
C. P. Kavafis, La ciudad.

Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia