lunes, 9 de noviembre de 2009

Nada que hacer

La filosofía griega le ha dado mil vueltas al asunto, lo ha abordado por todos los flancos como quien pretende asaltar un castillo inexpugnable, ha girado una y otra vez en torno a la misma cuestión. ¿Es posible enseñar filosofía? O lo que es lo mismo, ¿es posible enseñar la virtud? Conforme pasan los días mi convicción en que nada se puede aumenta. Es cierto que mi nula vocación pedagógica viene de lejos, de demasiado lejos tal vez. Siempre he pensado que es posible aprender, mas nunca enseñar. Que aprende quien quiere y lo que quiere: en definitiva quien puede, porque ya sabe lo esencial, su deseo de saber, y que nada se puede mostrar a quien insiste en cerrar los ojos o en mirar hacia otro lado, en vivir conforme a horóscopos o religiones, da lo mismo, siempre conforme a lo irracional.

De ahí que no crea en la función, supuestamente salvífica de la educación. Menos aún del profesorado. Nada he agradecido nunca a los que fueron o creyeron ser mis supuestos maestros, que sólo generaron en mí la sensación del más absoluto desprecio. No entendí sus estúpidas pretensiones de mostrarme un camino ni su egomaníaca insistencia en hacerme partícipe de sus personalísimas pasiones. Yo ya tenía las mías, y sus obsesiones no supusieron sino obstáculos a evitar, zancadillas, aburridos protocolos. De ahí que hoy observe con consternación las dos vías que se despliegan, y cómo una, terrible, se extiende dominando a las almas débiles a través de la fascinación y reduciendo a escombros lo poco que pudiera haber de interesante en las cabezas embotadas de estulticia.

No hay nada que enseñar, y, sin embargo, hay dos formas de intervenir sobre la inteligencia y la vida. La una despreciable. La otra, al menos, en la medida misma en que se ejerce como abandono, hace posible la proliferación de las diversas singularidades, de los matices, la aproximación, acaso imposible, a la verdad. La primera consiste en agradar al auditorio: alumnos fascinados por una palabra que es efusión, expresión apasionada, dicción inmersa en lo que se dice, retórica perfeccionada según lo que se espera y, en el fondo, seducción con la voz, charlatanería. Allí encontramos al maestro, transformado en personaje o marioneta, identificado plenamente con su lugar, con su lenguaje, vívido, asertivo, fascista, escupiendo sus ilusiones y sus fantasmas, rodeando como en una madeja a los oyentes, arrastrándoles al infierno en el que ya, definitivamente, como frente a un televisor o a un personaje de novela de aventuras, dejarán de pensar, perderán toda distancia crítica y quedarán ahogados por la lengua sinuosa del que enuncia.

La otra, la que me interesa, es seca, ronca, gastada. Ninguna teatralidad hay en ella. Sólo la molestia compartida entre aquel que habla y aquel que escucha. Verdad agobiante. Repetida. Una y otra vez diciendo lo mismo. Lo común, el malestar. Que el profesor no salva. Que nadie salva. Que el que escucha ya está perdido, sometido a la palabra del otro --lógica ajena--, a la de aquel que habla. Que el lenguaje o es distancia o es sumisión, servidumbre voluntaria. Hay una voz que te abandona o te insulta, que dice no me sigas, busca otro camino, forja tu decir en otros senderos, arrógate el poder de hablar por ti mismo. Hay una palabra que no se canta. Que sólo se escribe. No me interesan los profesores, con su bla, bla, bla interminable, con su tener como todo dios que ganarse la vida. Sólo quiero que se escriba. En silencio. Que se escriba una y otra vez lo diferente, la mutación perversa, otro camino que nadie habrá ni podrá seguir, una vía muerta tras la cual se hace necesario el desvío, sacar el machete y ponerse a cortar la maleza, internarse en otros parajes, insistir en la incógnita.

Pero en la caverna, de retorno, se reirán de ti, los locos te tratarán de loco, y te despedazarán el alma.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

El que te toquen ciertos temas encienden en ti ese discurso tan interesante. Me gusta ver que sigue presente. Gran texto guapo.

Anónimo dijo...

¿Qué tipo de profesor eres tú?

Anónimo dijo...

lo tendrían que decir los alumnos. no sólo somos lo que creemos ser, también lo que los demás creen que somos

Pablo Lópiz Cantó dijo...

No somos ni una cosa ni la otra. Ni lo que creemos ser, ni, mucho menos aún, lo que los demás creen que somos. No somo más que una mierda. O por decirlo con ese tono aburrido propio los filósofos, somos un resto que se sitúa más allá de las palabras y las creencias, un residuo giratorio, un movimiento anónimo en constante devenir, un proceso múltiple de desterritorialización y reterritorialización. Mal va el que se identifica consigo mismo, con su ideario o con el de cualquier otro (alumno, pareja o policía), el que se acomoda a su identidad, bien seguro bajo el estático paraguas de las creencias idiotas. No hay más combate digno que el que se despliega contra uno mismo: especialmente contra lo que los demás quieren hacer de uno mismo.

Además, por si no ha quedado claro, en realidad el texto no habla de los profesores, sino de los alumnos. Aplíquese quien quiera el cuento.

Anónimo dijo...

claro no, el cuento claro, no

Ocala dijo...

¿Qué se pretende alcanzar, qué se pretende dar? ¿Fuegos fatuos, espectáculos verbales o sabiduría, contradicción, libertad, autonomía, destrucción de la alineación? Cada uno debería preocuparse por lo suyo y situarse en el terreno donde alguna vez quizá se pueda compartir algo.Besazos mil

Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia