domingo, 21 de junio de 2009

Literatura amorosa II

Lo sé con más o menos exactitud desde hace algún tiempo, sin embargo, sólo a partir de una cierta disposición subjetiva, algo así como un estado afectivo trastocado por efecto de acontecimientos minúsculos, aleatorios, privados, íntimos incluso, pero por completo vulgares, la cuestión, para mí, se ha aclarado suficientemente. Hablo --escribo-- de la profunda insatisfacción que me producen los discursos sobre la liberación sexual, al menos cuando se presentan en su formato habitual: relaciones abiertas, confesión sincera, sexo por el sexo, exaltación de la cantidad, búsqueda de nuevas experiencias, ruptura con los esquemas normativos de identidad y orientación sexual, mejora y multiplicación de las técnicas eróticas o ampliación de la intensidad orgásmica. En definitiva, fin de la represión de las pulsiones que nos atraviesan, de los deseos que nos conforman. Todo ello me resulta imperioso, sin duda, pero también insuficiente. También aquí, me parece, es necesario un esfuerzo más.

Obviamente, no puedo sino dejar constancia de mi asentimiento alegre ante las transformaciones que el movimiento de liberación sexual ha impreso sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. Nada detesto con tanta fuerza como la vieja y putrefacta moral cristiana. Sin embargo, siento que la verdadera liberación está aún por llegar. Toda una literatura que aborda, desde su interior mismo y como para tensar la cuerda, la crítica a las carencias de la emancipación en marcha ha ido a lo largo de los últimos años haciendo mella en mi modo de observar las relaciones afectivas. Inolvidable me resulta la renuncia difícil de Pasolini a su propia Trilogía de la vida, el desprecio del italiano hacia el consumismo sexual fijado en sus enseñanzas al joven Genariello, en sus Cartas luteranas, el horror descrito en Saló de un fascismo liberado sexualmente que se erige como terrible anarquía. E igualmente impactantes me parecieron las tesis foucaultianas según las cuales poder y placer se entrelazan hasta el punto de conformar un dispositivo de poder que lo es de la sexualidad. Foucault acabaría defendiendo una desexualización de los cuerpos y los placeres que aboca a la creación de nuevas formas de cultura y, sobre todo, a la afirmación de la amistad como lugar desde el que fundar otros modos de existencia: promueven aún sus textos, no ya el despliegue de lo sexual, sino la construcción de relaciones intensas, afectivas.

Sin embargo, creo que fue, como tantas otras veces, R. Barthes quien en primer lugar indicó la vía de salida que permitía comenzar a escapar a las insuficiencias de una discursividad como es la de la liberación sexual, que nos captura al tiempo que, como Foucault dijese en el primer volumen de su Historia de la sexualidad, "nos hace creer que en ello reside nuestra liberación". Su Fragmentos de un discurso amoroso, sin duda, nos instala en otro lugar, un punto más allá que no necesariamente supone una renuncia respecto de los logros emancipatorios alcanzados. Yo --pero, ¿quién es ese yo que (se) escribe sino precisamente el que el libro de Barthes ya ha puesto en escena?-- guardo un extraño cariño a ese texto en esquirlas a cuya relectura nunca he renunciado: a ese libro en el que se hace hablar a un sujeto marginal como es el sujeto enamorado, en el que se afirma el complejo tejido discursivo y pasional que, intratable, nos sostiene a distancia incluso de la inscripción en el dispositivo de la sexualidad.

Más allá de la liberación sexual necesaria, siento como mi programa político eso que Barthes en su peculiar autobiografía definiese bajo el epígrafe de "Transgresión de la trasngresión":

"Liberación política de la sexualidad: es una doble transgresión de lo político por lo sexual y viceversa. Pero eso no es nada: imaginemos ahora introducir de nuevo en el campo político-sexual así descubierto, reconocido, recorrido y liberado... una pizca de sentimentalidad: ¿no sería esto la última de las transgresiones? ¿La transgresión de la transgresión? Porque, a fin de cuentas, esto sería el amor: que regresaría, pero en un lugar distinto".

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Pablo Lópiz Cantó

Para una filosofía de la inmanencia